


El Bestiario Velado

Vampiros: cuando los muertos se negaban a permanecer enterrados
Descubre el origen folclórico del vampiro, los muertos que regresaban, los casos de Blagojević y Paole y los antiguos métodos para destruirlos.

27 de septiembre de 2026
17 min






i los dragones fueron una de las criaturas más brillantes y célebres que han atravesado el Grimorio, ha llegado el momento de adentrarnos en una leyenda igual de famosa, aunque bastante menos dispuesta a dejarse encontrar bajo la luz del sol.
Sin embargo, no vamos a comenzar nuestro viaje en un castillo. La criatura que nos espera no viste una capa negra y probablemente no tenga el menor interés en seducirnos durante una cena a la luz de las velas. Ese vampiro llegará mucho después. El que hoy nos ocupa conserva todavía la tierra de la tumba bajo las uñas.
Antes del conde, de los colmillos perfectamente colocados y de esa elegancia que casi consigue hacernos olvidar que estamos ante un cadáver, existieron muertos bastante menos refinados. Regresaban a sus aldeas, atormentaban a sus familiares y parecían llevar consigo enfermedades, pesadillas y muertes que nadie sabía explicar. No necesitaban ser atractivos. Les bastaba con no permanecer enterrados.
Tampoco existía una única criatura a la que todos llamaran del mismo modo. Cada región tenía sus propios nombres, temores y remedios. Algunos muertos abandonaban físicamente la tumba; otros atacaban durante el sueño, consumían la fuerza de los vivos o hacían enfermar a una casa entera. Ni siquiera necesitaban beber sangre para que sus vecinos comenzaran a mirar con preocupación hacia el cementerio.
El vampiro que conocemos no nació completo. Fue reuniendo cuerpos, costumbres y nombres procedentes de tradiciones diferentes hasta convertirse en una criatura reconocible. Seguir su origen significa observar cómo el miedo a los muertos que regresaban fue cambiando cada vez que una comunidad intentó explicarlo, darle un nombre o encontrar una manera de detenerlo.
Así que guardemos las estacas —aunque conviene no dejarlas demasiado lejos— y olvidemos por ahora todo cuanto creemos saber sobre vampiros. Nuestro viaje comienza en un lugar bastante más humilde: una aldea en la que alguien acaba de morir y sus vecinos empiezan a sospechar que no se ha marchado del todo.
Un monstruo sin primer antepasado
Cuando buscamos el origen de una criatura legendaria, resulta tentador imaginar que en algún lugar nos espera su primera aparición. Un relato antiguo, una tablilla cubierta de signos o una tumba convenientemente mal cerrada que nos permita señalar una fecha y anunciar: aquí comenzó todo.
Como suele ocurrir, las cosas no son tan sencillas. Mucho menos cuando hablamos de vampiros.
Mucho antes de que esta palabra empezara a extenderse por Europa, distintas culturas ya contaban historias sobre seres que atacaban durante la noche, devoraban a los vivos, bebían su sangre o utilizaban los cuerpos de los muertos. Las lamias y las striges del mundo grecorromano, ciertos espíritus mesopotámicos o los vetālas de la tradición india han sido presentados alguna vez como los primeros vampiros.
Las semejanzas existen, pero no bastan para convertirlos en miembros de una misma familia. Una criatura puede alimentarse de sangre sin ser un cadáver que ha regresado, del mismo modo que habitar un cuerpo muerto no implica necesariamente salir de la tumba para perseguir a los vecinos. Si reuniéramos a todos estos seres bajo una sola palabra, el Grimorio ganaría una genealogía muy ordenada, pero perdería buena parte de aquello que hace única a cada tradición.
Cuando llamamos vampiros a estas criaturas antiguas, estamos utilizando una categoría moderna para mirar hacia atrás. Reconocemos algunos rasgos familiares y completamos el resto con todo lo que creemos saber sobre el monstruo. Es una costumbre comprensible: una vez que has conocido a un vampiro, cualquier ser nocturno con cierta afición por la sangre empieza a parecer sospechoso.
Esto no significa que aquellas historias carezcan de importancia. Nos muestran que el miedo a ser atacado por algo que debería pertenecer al mundo de los muertos es mucho más antiguo que la palabra vampiro. También revelan las imágenes y temores con los que diferentes culturas intentaron explicar la enfermedad, la muerte y aquello que podía aguardarnos después de ella.
No encontraremos, por tanto, un primer vampiro del que desciendan todos los demás. Para seguir la transformación que nos ocupa debemos abandonar esa genealogía imposible y acercarnos a una figura más concreta, menos elegante y mucho más difícil de mantener bajo tierra: el muerto que regresa.
Porque antes de que hubiera vampiros, ya había tumbas que no conseguían retener a sus ocupantes.

Antes del vampiro, regresaban los muertos
Si abandonamos la búsqueda de un primer vampiro, encontramos algo quizá más inquietante: historias de personas concretas que murieron, fueron enterradas y decidieron que aquello no era motivo suficiente para dejar en paz a los vivos.
Hoy solemos llamar retornados o revenants a estos muertos que regresaban. No eran simples fantasmas. Un espíritu podía aparecerse, hablar o atormentar a alguien sin abandonar necesariamente el más allá; el retornado, en cambio, conservaba un cuerpo capaz de levantarse de la tumba, recorrer los caminos y presentarse en lugares donde nadie había tenido la precaución de invitarlo.
Los relatos europeos de la Edad Media ofrecen varios ejemplos. En el siglo XII, el cronista inglés William de Newburgh reunió en su Historia rerum Anglicarum distintas historias de cadáveres que volvían para aterrorizar a sus comunidades. Él mismo reconocía que resultaría difícil creerlas si no existieran, según aseguraba, tantos testimonios semejantes.
Uno de aquellos muertos regresó la noche posterior a su entierro y se introdujo en la cama de su esposa. Su peso casi la aplastó. Cuando ella reunió a varias personas para mantenerse despierta y rechazarlo, el difunto trasladó sus visitas a sus hermanos, sus vecinos e incluso a los animales. Para poner fin a sus apariciones, el obispo de Lincoln ordenó abrir la tumba y colocar sobre el cadáver una carta de absolución. Al parecer, el retornado decidió que discutir con la autoridad eclesiástica no merecía el esfuerzo y no volvió a salir.
Otro caso ocurrió en Berwick. Allí, un hombre conocido por su mala conducta abandonaba la sepultura cada noche mientras los perros lo perseguían por las calles. Los habitantes temían que su cadáver corrompiera el aire y propagara enfermedades, de modo que terminaron desenterrándolo, desmembrándolo y quemándolo. La aparición cesó, aunque la epidemia que asoló después la zona demostró que algunos problemas no podían resolverse prendiendo fuego a un solo cuerpo.
Estas historias todavía no describen al vampiro que encontraremos siglos después. Los retornados no poseían necesariamente colmillos, no se alimentaban siempre de sangre y no parecían preocupados por resultar misteriosos o seductores. Sin embargo, ya reunían varios elementos que acabarían formando parte de él: un cadáver físico, las visitas nocturnas, la enfermedad que se extiende entre los vivos y la necesidad de actuar sobre la tumba para detenerlo.
Llegados a este punto, quizá alguien se esté preguntando dónde hemos dejado a los zombis. La respuesta breve es que aguardan en otra página del Grimorio. Aunque hoy compartan con los vampiros la incómoda costumbre de levantarse después de muertos, no proceden de la misma tradición. El zonbi haitiano estaba relacionado con la pérdida de la voluntad y el sometimiento, mientras que el cadáver caníbal que invade ciudades pertenece en gran medida a su transformación cinematográfica. El retornado europeo, en cambio, solía conservar un interés preocupantemente personal por sus familiares y vecinos.

No todos los muertos despertaban las mismas sospechas. Una muerte violenta, un suicidio, la excomunión, una acusación de brujería o la ausencia de los ritos funerarios adecuados podían convertir a alguien en candidato a regresar. En ocasiones, la sospecha recaía sobre quienes ya habían vivido al margen de la comunidad. El monstruo no nacía únicamente de lo que le había sucedido al cuerpo, sino también de aquello que los vivos habían pensado sobre su dueño.
El retornado alteraba el orden que debía separar a los vivos de los muertos. Si alguien podía abandonar la tumba, significaba que su entierro no había funcionado, que algún pecado continuaba sin resolverse o que la comunidad había incumplido una obligación. La muerte había quedado incompleta y sus consecuencias regresaban para reclamar atención.
Pero los sueños, las apariciones y las enfermedades solo podían señalar a un sospechoso. Para saber si el muerto continuaba dentro de su tumba —y en qué estado— había que abrirla.
Y una vez levantada la losa, cualquier cosa que el cadáver mostrara podía parecer una confesión.
Cuando una tumba parecía demostrar lo imposible
Quienes esperaban encontrar un esqueleto podían descubrir un cuerpo todavía reconocible, con el rostro hinchado, la piel oscurecida y fluidos alrededor de la boca o la nariz. El cabello, los dientes y las uñas parecían más visibles, y al perforar o golpear el cadáver era posible que expulsara líquidos.
Para una comunidad convencida de que aquel muerto se alimentaba de los vivos, las pruebas parecían estar delante de sus ojos. El cuerpo no se había consumido, mostraba sangre junto a la boca y podía reaccionar cuando lo atravesaban. Además, el acusado difícilmente iba a ofrecer una versión alternativa.
Hoy sabemos que la descomposición puede producir todos esos cambios. Las bacterias generan gases que hinchan el abdomen y el rostro; la presión acumulada expulsa fluidos oscuros; la piel cambia de color, se retrae o se desprende y modifica el aspecto del cabello, los dientes y las uñas. El proceso tampoco avanza siempre al mismo ritmo: depende de la temperatura, la humedad, el terreno y las condiciones del entierro.
El cadáver no se conservaba porque continuara con vida ni tenía sangre alrededor de la boca porque hubiera abandonado la tumba para alimentarse. Estaba haciendo exactamente lo que hacen los cuerpos después de morir, aunque de una forma bastante poco tranquilizadora para quienes todavía desconocían el proceso.

Esto no explica por completo las creencias vampíricas. La descomposición no nos dice por qué los vecinos soñaban con el difunto, por qué una enfermedad se atribuía a una persona concreta o por qué algunas muertes despertaban sospechas y otras no. Pero sí ayuda a comprender por qué abrir una tumba rara vez conseguía calmar el miedo.
La comunidad no encontraba un cuerpo silencioso capaz de demostrar su inocencia. Encontraba una transformación que parecía confirmar todo cuanto ya temía. El muerto podía no haber salido nunca de la tumba, pero su cadáver ofrecía una historia que los vivos sabían interpretar.
Durante mucho tiempo, estas pruebas pertenecieron a quienes compartían la aldea y el miedo. En el siglo XVIII comenzaron a ser observadas también por funcionarios, sacerdotes y cirujanos. El vampiro estaba a punto de abandonar los relatos locales para entrar en los informes oficiales.
El día en que el vampiro entró en los informes oficiales
El cambio comenzó en 1725. Una sucesión de muertes en Kisilova, una localidad de la actual Serbia que entonces se encontraba bajo dominio de los Habsburgo, fue atribuida a Petar Blagojević, un campesino fallecido semanas antes. Antes de morir, algunas de las víctimas aseguraron que había regresado para atacarlas.
Los vecinos exigieron abrir su tumba. El funcionario imperial Ernst Frombald intentó convencerlos de que esperaran la autorización de sus superiores, pero ellos temían que cualquier demora provocara nuevas muertes. Le advirtieron de que abandonarían la aldea si no se tomaban medidas, por lo que Frombald terminó accediendo a presenciar la exhumación junto con un sacerdote.
En el interior encontraron las mismas señales que ya conocemos. Para los presentes, el estado del cadáver confirmó que Blagojević era responsable de las muertes. Lo atravesaron con una estaca y después quemaron sus restos.
Frombald dejó constancia de lo ocurrido y procuró aclarar que había actuado presionado por una comunidad aterrorizada. Puede que ni siquiera los vampiros resultaran tan inquietantes como tener que explicar a la administración imperial por qué se había permitido desenterrar y quemar a uno de sus súbditos.
El informe llegó a la prensa vienesa. En el texto publicado apareció una forma cercana a vampyri, procedente del serbio vampir, el nombre que los habitantes utilizaban para referirse al muerto que había regresado. La palabra no nació con el caso de Blagojević: en las lenguas eslavas existían formas anteriores como upir o upiór, y su origen más remoto continúa siendo discutido. Lo que cambió en 1725 fue el alcance que podía tener.
Al incorporarse a los documentos y periódicos escritos en alemán, el término adoptó la forma Vampir. De allí pasó al francés como vampire y, a través de este, llegó al español como vampiro. El miedo de una pequeña aldea no solo había encontrado un lugar en los archivos: también había proporcionado a buena parte de Europa una palabra con la que nombrarlo.
El cadáver de Blagojević permaneció en Kisilova. Su nombre, en cambio, acababa de emprender un viaje mucho más largo.
Pocos años después, otra sucesión de muertes en la aldea de Medveđa fue relacionada con Arnold Paole, un antiguo miliciano fallecido tras caer de un carro. Cuando el temor reapareció en la localidad, las autoridades enviaron una comisión encabezada por el cirujano militar Johannes Flückinger.
Los investigadores interrogaron a los habitantes, abrieron tumbas y examinaron los cadáveres. Sus observaciones quedaron recogidas en 1732 en el Visum et Repertum, un documento respaldado por las firmas de quienes habían participado en la investigación.
El informe no demostraba que los vampiros existieran. Demostraba algo más importante para comprender su historia: una administración había considerado necesario investigar su posible existencia y varios expertos habían dejado constancia oficial de aquello que creían haber encontrado.
A partir de entonces, el vampiro ya no era únicamente una amenaza local. Había adquirido un nombre capaz de cruzar fronteras, fechas, testigos y documentos sobre los que podían discutir médicos, religiosos, filósofos y periódicos.
Pero aquellos informes no se limitaron a describir al muerto. También conservaron las medidas que las comunidades empleaban para impedir que volviera a levantarse. El vampiro había entrado en los archivos acompañado por las instrucciones para destruirlo.

Cómo matar a quien ya estaba muerto
Matar a un vampiro plantea un inconveniente bastante evidente: la criatura ya está muerta. No bastaba con causarle una herida mortal porque, al menos en teoría, alguien se había encargado antes de completar esa parte del proceso. Había que impedir que el cadáver se levantara, obligarlo a permanecer en la tumba o destruir el cuerpo al que continuaba unido.
La primera opción consistía en actuar antes de que comenzaran los problemas. El difunto podía ser enterrado boca abajo, cubierto con piedras o sujeto de alguna manera al suelo. También se colocaban objetos protectores junto al cuerpo o se introducían en su boca para impedir que mordiera, devorara el sudario o encontrara la forma de alimentarse. La prevención podía resultar poco amable con el cadáver, pero evitaba tener que volver a buscarlo después.
Si la comunidad ya estaba convencida de que el muerto había regresado, la solución más conocida era atravesarlo con una estaca. Sin embargo, todavía no existía una norma universal que obligara a clavarla en el corazón. Según la región, podía perforarse el pecho, el vientre o incluso la boca, y también variaba la madera elegida. La intención no siempre era matar de nuevo al difunto, sino inmovilizarlo, sujetarlo a la tierra o destruir el cuerpo hinchado que parecía demostrar su actividad.
La decapitación ofrecía una alternativa más definitiva. La cabeza podía colocarse entre las piernas, alejarse del cuerpo o enterrarse en otro lugar para impedir que ambos volvieran a reunirse. También se extraía el corazón, se desmembraban los restos o se quemaba por completo el cadáver. Si el vampiro necesitaba su cuerpo para regresar, reducirlo a cenizas parecía una forma razonablemente eficaz de terminar la discusión.

No todos los remedios exigían destruirlo. En algunos relatos bastaba con repetir correctamente el funeral, recurrir a una absolución, utilizar agua bendita o completar aquello que había quedado pendiente entre el muerto y la comunidad. El problema podía encontrarse en el cadáver, pero también en un rito incompleto, un pecado sin resolver o una separación entre los vivos y los muertos que no se había realizado como correspondía.
Estas prácticas fueron violentas, pero para quienes creían que una persona enterrada estaba matando a sus familiares ofrecían algo que la enfermedad y la muerte les habían arrebatado: la posibilidad de actuar. La amenaza invisible adquiría un culpable, un cuerpo y una forma de detenerla.
No existía, por tanto, un único método para matar a un vampiro. Cada remedio dependía de aquello que una comunidad creyera que había regresado de la tumba. Y si las formas de destruirlo eran tan diferentes, quizá fuera porque bajo aquel nombre continuaban escondiéndose criaturas muy distintas.
Muchas criaturas bajo un mismo nombre
La diversidad no terminaba en los métodos utilizados para destruirlos. Cuando la palabra vampiro comenzó a viajar por Europa, no sustituyó a los muertos inquietos de cada tradición por una criatura universal. Les proporcionó un nombre común bajo el que resultaba fácil reunirlos.
En Grecia, el vrykolakas era un cadáver que regresaba y perturbaba a su comunidad, aunque no necesitaba alimentarse de sangre para resultar peligroso. En Rumanía, los strigoi podían pertenecer tanto al mundo de los vivos como al de los muertos y causar daño a quienes los rodeaban. En las tradiciones polacas, el upiór regresaba con cuerpo propio y podía perseguir a sus familiares, transmitir enfermedades o beber su sangre.
No eran criaturas idénticas ni versiones incompletas de un mismo monstruo. Cada una había nacido dentro de unas creencias concretas sobre la muerte, el alma y aquello que podía impedir que un difunto descansara. Llamarlas a todas «vampiros» nos permite reconocer sus semejanzas, pero también corre el riesgo de ocultar cuánto las diferenciaba.
Quizá el vampiro que conocemos no naciera una vez, sino tres.
Su primer nacimiento tuvo lugar en las aldeas, cuando una muerte inexplicable, una pesadilla o una epidemia llevaron a sospechar que algún difunto continuaba visitando a los vivos. Todavía no poseía un único nombre ni una forma definida. Era un familiar que regresaba, un cadáver que no se había corrompido como debía o una presencia que parecía llevarse la salud de quienes dormían bajo el mismo techo.
El segundo nacimiento ocurrió sobre el papel. Los informes oficiales y los periódicos reunieron bajo la palabra vampiro temores que hasta entonces habían conservado nombres distintos. Lo que había pertenecido a una comunidad concreta comenzó a cruzar fronteras, acompañado por fechas, testigos y descripciones que otorgaban a lo imposible una inquietante apariencia de realidad.
Así fue acumulando características. De unos muertos tomó el cuerpo incorrupto; de otros, el hambre, la sangre o la costumbre de regresar junto a sus familiares. También heredó estacas, decapitaciones, hogueras y suficientes precauciones funerarias como para llenar una sección bastante inquietante del Grimorio.
El resultado no fue una criatura perfectamente definida, sino una familia de muertos incapaces de comportarse como se esperaba de ellos. Algunos abandonaban la tumba, otros atacaban durante el sueño y unos pocos ni siquiera necesitaban haber muerto para ser considerados peligrosos. Lo único verdaderamente imprescindible era que la frontera entre los vivos y los muertos hubiera dejado de funcionar.
A mediados del siglo XVIII, el vampiro ya tenía un nombre capaz de atravesar fronteras, un cuerpo que podía ser examinado y una colección de remedios destinados a destruirlo. Todavía no poseía castillo, capa ni modales aristocráticos. Tampoco había aprendido a seducir a sus víctimas ni a contemplar la eternidad con expresión atormentada.
Para convertirse en el vampiro que hoy reconocemos tendría que nacer una tercera vez.
Ese último nacimiento ya no tendría lugar en una aldea ni ante una tumba abierta, sino entre las páginas de los libros. Allí el cadáver del folclore perdería la tierra adherida al cuerpo, adquiriría nuevos rostros y terminaría convertido en una de las criaturas más fascinantes de nuestra imaginación.
La próxima vez que sigamos su rastro, ya no tendremos que abrir una tumba, sino un libro.


Fuentes del archivo
Fuentes históricas y textos primarios
William of Newburgh. Historia rerum Anglicarum, libro V, caps. 22–24, c. 1198.
Frombald, Ernst. «Copia eines Schreibens aus dem Gradisker District in Ungarn». Wienerisches Diarium, 21 de julio de 1725.
Flückinger, Johannes et al. Visum et Repertum über die sogenannten Vampirs, 1732.
Ranft, Michael. De masticatione mortuorum in tumulis. Leipzig: Martin, 1728.
Estudios y obras de consulta
Barber, Paul. Vampires, Burial, and Death: Folklore and Reality. Yale University Press, 1988.
Barber, Paul. «Forensic Pathology and the European Vampire». Journal of Folklore Research, vol. 24, n.º 1, 1987, pp. 1–32.
Perkowski, Jan L. Vampires of the Slavs. Slavica Publishers, 1976.
Dundes, Alan (ed.). The Vampire: A Casebook. University of Wisconsin Press, 1998.
Gardeła, Leszek, y Kamil Kajkowski. «Vampires, Criminals or Slaves? Reinterpreting “Deviant Burials” in Early Medieval Poland». World Archaeology, vol. 45, n.º 5, 2013, pp. 780–796.
Lengua y transmisión
Real Academia Española. «vampiro, vampira». Diccionario panhispánico de dudas.
Académie française. «vampire». Dictionnaire de l’Académie française, 9.ª ed.





